Pequeño desencanto

Escuché sus voces, así que corrí a esconderme. Si me estaba quieto tras el árbol, no me descubrirían. Eran tres, pero ninguno era negro y vestían como gente normal, quizás para pasar desapercibidos. Se llevaron la televisión y el reproductor de música. Pensé que sería para traer otros más grandes, pero se marcharon y no volvieron. ¡Vaya estafa de Reyes Magos!

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Ensalada de vida: menú diario.

Un buen manojo de fracasos frescos, bien picaditos para no atragantarse. Unas rodajitas de experiencia y una pizca de ecuanimidad. Se adereza con varios litros de llanto, medio kilo de creencias irracionales, sal especial para heridas y varias cucharadas de recuerdos dolorosos.

Por mejorar el gusto, añádase sarcasmo.

Sírvase acompañado de alcohol o smoothie detox, según la creencia.

Al fin

Lo había soñado mil veces, pero la realidad superó mis expectativas: nos encontramos por pura casualidad en una isla paradisíaca del Caribe, ambos solos.

Pasó la tarde intentando enseñarme a surfear: nos reíamos de mi torpeza mientras nuestros cuerpos no paraban de rozarse y nuestras miradas de cruzarse.

Le propuse dar un paseo y el ocaso nos sorprendió en una cala desierta, donde al fin nuestros labios se unieron, saboreándose con lentitud, deleitándose en el placer tantos años postergado.

Al volver la vista al mar, con las manos entrelazadas, lo supimos. Era el fin del mundo. También mucho más hermoso de lo que lo había soñado: el cielo relucía en púrpura y sobre la arena brillaban como estrellas cientos de peces agonizantes. La ola purificadora que engulló al mundo contenía los más hermosos azules y turquesas que jamás imaginé. Mi último pensamiento fue “ojalá hubiera tardado una noche más.”

Tras la muerte

Una vasta planicie gris se extendía ante ella.
– ¿Es esto la antesala del cielo? –preguntó sin obtener respuesta alguna.
Sin saber qué otra cosa hacer, Noelia comenzó a andar. «Porque voy a ir al cielo, ¿no? He sido una buena persona, trabajadora, buena hija, amable, servicial. ¡Siempre ayudaba a mis vecinos mayores a cruzar las calles o con las bolsas de la compra! ¡Merezco ir al cielo! ¿No?
¿Quizás no ha sido bastante? ¿Debí ser más generosa, más solidaria? La verdad es que nunca me impliqué mucho con personas que no conocía…y me negué a perdonar a Luisa, por mucho que ella intentó disculparse… Ay dios…¡Ya nunca podremos volver a hablar! ¡Y voy a arder en el infierno! ¡Lo siento, Luisa, te perdono, te perdono! ¿Servirá de algo?»
Vagó y vagó, sin sentir hambre ni cansancio, alternando los lloros y el miedo con la calma y la esperanza. Le llevó años comprender que, el cielo o el infierno, lo llevamos dentro.

Pollo imprevisto

– ¿Es un pájaro? –trató de bromear Gema, señalando un objeto que caía en picado, pero ninguno de sus amigos secundó la broma,
– ¡Cuidado! –gritó Melisa, y corrieron a esconderse en la casa.
Desde el ventanal vieron como algo impactaba contra su barbacoa, haciéndola estallar en pedazos de metal y carbón al rojo. Algo correteó envuelto en llamas entre las sillas antes desplomarse.
– ¿Qué? –balbuceó Gema mientras se precipitaban a ver lo ocurrido.
Los trozos de metal abollado eran más de los que habían compuesto la barbacoa.
– Mirad esto –dijo Daniel, señalando un pequeño ser, parecido a un sapo pero con las patas más largas. Lo rodearon.
– No puede ser –Melisa se llevó las manos a la boca– Un alien…¿está muerto?
– Eso parece –corroboró Gema, tocándolo con la punta de la sandalia. No se movió.
– ¿Qué hacemos? ¿Llamamos al FBI? –preguntó Daniel.
– No hay FBI en Mairena, Dani –respondió Melisa– no estamos en una película americana.
– ¡Pues a la policía! ¡Algo tendremos que hacer!
Carlitos se precipitó hacia la criatura y antes de que los demás pudieran reaccionar, se la llevó a la boca.
– Sabe a pollo –declaró.
Así acabó el dilema.

Perséfone

Llegó caminando descalza al erial, y se acostó sobre los escombros del viejo mundo. Sus cabellos buscaron la tierra mientras su mente alzaba el vuelo. Soñó con grandes árboles, con flores y plantas aromáticas. Con un río limpio y rebosante de peces, con el cielo surcado con melodías de pájaros.
Los rayos del Sol la despertaron y ella no se demoró en su tarea: apartó escombros, cavó agujeros y plantó cientos de semillas que extrajo de su zurrón. Al anochecer llamó a la lluvia para que bendijera su trabajo. Pasaron años antes de que su sueño se cumpliera, pero finalmente Perséfone devolvió la vida a un mundo desolado.

Al fin

Aquella noche me desperté a su lado. Sabía que era mejor no hacer ruido, su sueño es frágil como alas de mariposa. Sentía en mi espalda su abdomen aterciopelado y su aliento de fresa ponía de punta los pelillos de mi nuca. Casi había perdido la esperanza, pero al fin, el duende de los sueños me había escogido para compartir aventuras. Cerré los ojos y acompasé mi respiración a la suya, confiando en que me llevara a algún hermoso lugar.