Por su sonrisa

Tenía un aspecto anodino: una mujer delgaducha de cabellos blancos, refugiada en un abrigo demasiado grande para ella. No la habría mirado dos veces si no se hubiera sentado en mi mesa con decisión y hubiera empezado a hablarme con su voz de cristal.
Sus palabras parecían un canto de sirena, pero el infinito cuidado con el que acarició mis manos me hicieron perder el miedo a ser devorada. Esa misma noche me lo contó todo: cómo había salido de su planeta como polizón en una nave diplomática, los años vagando en soledad, la imposibilidad de volver por la ausencia de rutas comerciales, su nostalgia.
Pasamos la noche juntas y seguía en la habitación cuando me desperté, con una bandeja de desayuno.
Entonces lo decidí. Quince años de leal servicio a la compañía me lo pusieron muy fácil.
Mereció la pena robar una nave por devolverle su sonrisa.

Anuncios

Sorpresa de invierno

Cuando atardeció y cesaron los chillidos de los niños jugando, me decidí a pisar por primera vez la nieve. Me enjugue las lágrimas y me envolví en varias capas de ropa, escondiendo mi rostro tras la capucha y una bufanda.
La ciudad parecía otra, un mundo acolchado de pureza y silencio. No sé cuento tiempo anduve por las solitarias calles blancas, hechizada por los hermosos copos que flotaban a mi alrededor, pero era noche cerrada cuando lo encontré, bajo la luz de la Luna.
Un corazón humano, aún palpitante. Saqué el móvil con manos temblorosas y llamé a la policía. No me sorprendió no tener cobertura, esa noche la magia había cancelado la tecnología.
Cogí el corazón. ¡Lo sentí tan cálido entre mis dedos! Era tan hermoso que no pude resistirme: lo devoré a bocados y volví sonriendo a casa.

El asesinato de la sirena

 La vi el primer día, recién pescada. Sus cabellos de plata refulgente, la piel verdosa, los dedos palmeados, un rostro precioso, unos senos firmes, una cola imponente, de escamas grandes y brillantes. Miraba a todos lados con curiosidad, no aparentaba miedo. Le hice fotos, como todos, pero ninguna cámara pudo captar su mágica belleza. Hombres y mujeres estaban embelesados, nadie se atrevía a tocarla, pudo volver al mar; ojalá lo hubiera hecho.
No sé quién llamó a esos hombres, llegaron con trajes de astronautas, el rostro tapado, dispersando a la multitud con gritos primero, con gases después. Algunos cayeron, otros corrimos. De la sirena, nada más supimos.
Hoy fui a recoger un cadáver a un edificio aparentemente anodino a las afueras de la ciudad.
Me atendió una simpática chica de blanco, me entregaron un contenedor ya cerrado, lo cargué en el camión. En el camino hacia el crematorio, me asaltó una terrible sospecha.
Forcé el cierre del contenedor. En su interior yacía una enorme cola de pez, algunas partes abrasadas, otras descamadas, otras cortadas. Ya no brillaba.
La fotografié mil veces. Sé poco de leyes, pero buscaré justicia.

Maniático explorador

He cumplido mi sueño. Me quedan cinco horas de vida. «El paraíso está lleno de hormigas» me decía siempre una amiga, y yo me estremecía del asco. Odiaba a los insectos casi tanto como las ciudades saturadas de gente. Amaba los espacios diáfanos y asépticos, el silencio y la soledad.
Entrar a trabajar en una de las bases de investigación de la NASA cambió mi vida. Las enormes superficies blancas siempre limpias, el olor a lejía. Aún así, siempre había demasiada gente, voces, olores.
La investigación de nuevos planetas me ofrecía una oportunidad de oro. Y después de tantos años, he hallado lo que buscaba. El planeta V-173 es una vasta extensión de superficie blanca y pulida, un precioso cielo violeta y ni un solo ser vivo. No volveré a la nave, cuando se acabe el oxígeno, moriré aquí, feliz.

El secreto de Sara

Todos piensan que fue un incendio. Un brasero puesto toda la noche que prendió las enagüillas, el salón, la casa. Y así fue. Mis poderes piroquinéticos solo ayudaron a que el fuego se extendiera con más rapidez, que avanzara hacia su habitación, que ardiera su cama antes incluso de que se despertara.
Todos piensan que estoy en shock. Y es verdad, lo estoy. Han sido muchos años de maltrato. Me costará aprender a vivir sin miedo, pero lo conseguiré.

Un largo viaje

Mi hermana conduce, yo soy su copiloto. Javi va en mi regazo, dormido. Perla maúlla en su transportín, a mis pies. Laura llora bajo las gafas de sol, veo sus lágrimas silenciosas deslizarse por sus mejillas. A mí también me gustaría llorar, pero no puedo, me siento vacío.¿Cómo puede cambiar tanto la vida en un minuto? El coche surca la carretera desierta, flanqueada de polvo gris.
Esta mañana era nuestro sueño: irnos adonde nos apeteciera, a algún festival y no a la casa de nuestros abuelos.
¿Cómo puede acabar tanta vida en un minuto? Los mayores llevaban días hablando de ello, bromeando sobre el poder de destrucción cada vez mayor de los locos que nos gobernaban.
–Laura –soy capaz de decir sin que me tiemble la voz–, ¿Adónde vamos?
A las diez desayunamos con nuestra familia. A las once nos metimos a jugar en el bunker del abuelo. A los pocos minutos, sentimos un pequeño temblor. Al salir, todos estaban muertos. Nuestros padres y abuelos, convertidos en fino polvo gris. El jardín: polvo gris. Los vecinos, sus mascotas, los árboles: polvo gris.
– Conduciremos hasta que haya vida –me responde, y esboza una sonrisa cruel, sarcástica–, o hasta que se agote la gasolina.

No crecen amapolas

«No hay nada más hermoso que Vershínino en primavera» sus palabras resonaban en mi mente mientras daba las instrucciones al piloto del viejo aeroplano. Tantas veces me había descrito su granja al norte del pueblo, que era como si ya la estuviera viendo, un gran caserón con tejado picudo, las gran llanura acolchada de amapolas. Ya nos imaginaba retozando allí. Tendríamos una vida de ensueño, le ayudaría a cuidar a su madre enferma, la razón por la que había tenido que dejarme y volver a su hogar, seríamos felices para siempre. Había querido llegar en avioneta para que mi entrada fuese espectacular, el saldría de la casa, «¡ahí está la casa!» grité al piloto, yo bajaría corriendo, nos abrazaríamos, él no podría creérselo, lloraría de felicidad…
Pero la única que lloré fui yo cuando de la casa, abrazada a él, surgió una mujer con un niño en los brazos. Así descubrí que me había mentido en todo y que en Vershínino no crecen amapolas.