Victoria

Dediqué mi vida a la investigación y logré mis objetivos. Demostré que se podía trasladar la mente humana a una placa base de metales nobles que apenas ocupara como una caja de cerillas. La vida eterna más allá de la débil prisión de la carne.
Renuncié a amigas y a formar una familia por conseguirla y aquí estoy y estaré: sola e incorruptible por los siglos de los siglos.

Cita a ciegas

La primera impresión fue buena. No era tan alto y guapo como yo, pero llevaba un traje elegante. Me sentía cómodo, pero no especialmente ilusionado. La tercera vez que mi cita fue al baño, me fijé en un chico que estaba un par de mesas más allá. Tenía la melena castaña recogida en una cola zarrapastrosa y su camisa de cuadros parecía comprada en Alcampo. ¿Era su aspecto estrafalario lo que me impedía apartar mi mirada?
Pocos minutos después se acercó a nuestra mesa y mi corazón empezó a latir con más fuerza.
– Perdonad, ¿me podéis dejar un servilletero? En mi mesa no hay, y vosotros tenéis dos.
Estuve a punto de alcanzárselo cuando mi acompañante me sorprendió.
– ¡No! ¡No te lo doy! –chilló con el rostro enrojecido y al borde de las lágrimas–. ¡Me he esforzado mucho por tener dos servilleteros y no le voy a dar uno a un piojoso como tú!
Me quedé estupefacto. ¿Qué había sido del chico educado y amable con el que llevaba horas conversando?
En su siguiente visita al baño, tomé el servilletero y me dirigí con decisión al melenudo.
– Perdona –le dije–, no esperaba esa reacción de mi compañero, me quedé paralizado.
– Tranquilo, buscaba una excusa para hablar contigo y ha funcionado –me guiñó el ojo–. ¿Te apetece que vayamos a charlar con unos botellines?
– Vamos –le sonreí–. Sé de un sitio donde hacen una pizza cojonuda.

¡Peblo para el pueblo!

Estábamos destinados a estar juntos, lo supe desde la primera vez que lo vi, tan alto, tan guapo. No sería un chico fácil, me di cuenta pronto, e inicié un tira y afloja con la esperanza de que se fijara en mí. Sus miradas furtivas me decían que sí, pero esas palabras no llegaban a sus labios. Yo le tendí la mano incansable, sacaba fuerzas del amor imperecedero de mi corazón, esos sentimientos no podían ser en vano. Sabía que nuestra relación no estaría bien vista, sus padres insistían en que se casara con un niño pijo, pero yo no flaqueé, mantuve mi mano extendida esperando el momento en que me diera la suya y poder comérsela a besos.

Al fin, hace dos días, me dio el “¡Sí, quiero!” y nos fundimos en el abrazo más esperado de la historia de España. Ahora nos besaremos cada día en el congreso ante las miradas furibundas de los nazis y gobernaremos juntos para el pueblo. ¡Sí se puede! ¡Peblo para el pueblo!