Prejuicios

Sus pisadas hacían crujir el hielo. Corrían frenéticos, buscando el refugio ártico, maldiciendo sus ansias de explorar el mundo. Volvían la cabeza atrás con frecuencia, esperando ver a la aterradora criatura que los había lanzado a esa loca carrera.
Desolado, Sasquatch contemplaba la torpe huida de los hombres a través de la nieve. Solo quería decirles que se les habían caído las llaves. Cada vez que una persona huía de él, se le rompía un poco más el corazón.

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Secreta debilidad

Hoy es su día. Desde que dos años atrás tuvo una contractura tensional que la dejó dos meses sin apenas poder levantarse de la cama, Wonder Woman se toma un día al mes solo para ella. Se registra en un discreto hotel a las afueras de la ciudad, sin móvil, sin armas, nada más que comida en abundancia y películas de dibujos animados. Tumbada en la amplia cama, ve una película de Disney tras otra mientras devora tarrina tras tarrina de helado. Al anochecer empieza a asaltar el mini bar y, cuando considera que ya tiene suficiente justificación, llama a Mística. Sólo oír su voz ya la hace temblar. Sabe que se presentará bajo cualquier apariencia, pero entre sus brazos su piel será azul y cálida, y disfrutarán de doce horas de dulce tregua. Mañana será otro día.

Dramas cotidianos

No sabía cómo sus amigas la habían convencido este año para ir a la feria. Odiaba los gentíos y apenas podían dar tres pasos sin detenerse a hablar con alguien. El calor y el agobio de la aglomeración hicieron que bebiera con un ansia inusitada cuando al fin se metieron en una caseta. Poco a poco el rebujito fue relajándola y empezó a reír a carcajadas y a bailar sevillanas patosas con sus amigas. No supo en que momento estas fueron sustituidas por un moreno altísimo que agarraba su cintura con fuerza. Le sonrió y trató de decirle que quería volver con su gente, pero la música se tragó sus palabras. Él se inclinó y lamió su oreja. Trató de deshacerse de su agarre en vano: era mucho más fuerte que ella. Cuando la besó, mordió con fuerza su labio: ahora sí, la soltó y la abofeteó. Cayó al suelo, pero pudo ponerse en pie y volver con su grupo antes de que volviera a agredirla. “Por favor, vámonos” suplicó a su mejor amiga. Al salir de la caseta pudo ver al moreno bailando con una chica sonriente.

Las manos de Sally

Sally tenía quince años, muchos libros y mucha rebeldía. Sus padres, convencidos demócratas, no entendían cómo una muchacha tan inteligente podía albergar tanta rabia hacia la sociedad, en general, y hacía su querido presidente Kennedy, en particular. Habían conseguido traerla al desfile, pero no habían podido evitar que vistiera de negro y mirase con ceño fruncido la limusina. En cierto momento, imitó con su mano derecha el disparo de una pistola: el presidente se llevó las manos a la garganta y cinco segundos después, recibió un segundo impacto en el cráneo y murió. Sally necesitó muchos años para convencerse de que sus manos no tenían la capacidad de matar.

Dimensión desconocida

– ¡Pero que ricura! ¿Cómo se llama? – pregunta la anciana inclinada hacia el cochecito.
– Javier, como su padre – responde Silvia con una sonrisa automatizada en su rostro.

Deja que la anciana dedique unos arrumacos al niño antes de proseguir su paseo, con la angustia creciendo en su interior. Este no es su mundo. Hablar de pañales y enfermedades en lugar de estrenos y conciertos. Salir a los parques de día en lugar de a los bares de noche.
Aún no sabe cómo se embarcó en esta locura, que la llevó a pensar que no sería tan difícil, que si su madre pudo con cuatro, ella podría con al menos uno. Pero siente cómo la vida se le escapa día a día, cómo el sueño la desgarra, cómo la frustración la come.
Solo unos años más. Ese es el mantra que se repite una y otra vez para contener las ganas de coger un avión a Brasil y escapar del mundo de obligaciones en el que se halla envuelta.

¡Ahora en azul eléctrico!

Ñes de oferta: ¡ahora también en azúl eléctrico! 6975643297”

Así rezaba el anuncio sobre el parabrisas de mi coche. Lo metí sin prestarle mucha atención en el bolso. En el camino a casa, pensé, «¿Qué es un ñe?»

Cómo siempre que no sabía algo, recurrí a Internet. Ñe. Nada. Ninguna luz sobre el asunto.

El anuncio no contenía ninguna pista, ningún dibujo, sólo ese número de teléfono.

¿Qué es un ñe? ¿Para que sirve un ñe?

Traté de quitármelo de la cabeza, distraerme, pero el pensamiento volvía, cada vez más fuerte.

Tras tres días de obsesión, decidí llamar.

Buenos días. ¿Cómo desea su ñe? –la voz fría y metálica de una máquina.

Buenas…bueno, yo en realidad quería saber qué es un ñe.

Ahora los ñes se pueden adquirir en negro y azul eléctrico, y durante esta semana, su precio es de 15.95 euros. ¡Una oferta única! ¿Cómo desea su ñe?

Negro. –imprimo seguridad a mi voz, 15.95 me parece un precio razonable para satisfacer mi curiosidad.

Excelente, díganos su dirección y tendrá su ñe en un plazo de veinticuatro a cuarenta y ocho horas.

En efecto, veintiseis horas después me llegó un paquete con mi ñe.

Me alegro de haberlo adquirido en negro.